El lenguaje no es equivalente a la verdad; es nuestro modo de existir en el mundo. Jugar con las palabras es examinar la forma en que funciona la mente, el reflejo de una partícula del mundo tal como la percibe la mente. (...)
Las caras riman a los ojos, así como las palabras riman al oído.
En realidad, en el zen no existe la dualidad. No sería técnicamente correcto decir que la mente y el cuerpo están separados o son cosas diferentes. Es claro entender, entonces, que suframos de contracturas cuando tenemos la mente hecha un caos.
Algo similar sucede con la escritura. Algunos alumnos me han comentado que no están conformes con el estilo con el que escriben. Creo que para encontrar un estilo que nos conforme tenemos que olvidarnos de querer buscar un estilo que nos conforme. Algo como "no hacer nada".
El escritor también opera con dos aspectos que son, en realidad, uno solo: el juego de palabras entre sí y el juego de palabras entre sí como reflejo del mundo tal cual lo percibimos. El entrenamiento empieza, entonces, en observar el mundo y, más específicamente, en observar cómo es nuestra manera de observar el mundo. Un ejercicio interesante es ponerse a rimar caras y anécdotas. Escribir las historias que hay detrás de lo que nos llamó la atención en nuestra vida cotidiana. Tratar de explicarnos a nosotros mismos por qué eso, exactamente eso nos llamó la atención.
Por supuesto que también es importante trabajar en agrandar nuestra caja de herramientas*: Investigar curiosidades sobre la gramática de nuestro idioma, jugar con las famosas asociaciones paradigmáticas y sintagmáticas de de Saussure, las rimas, el ritmo, los juegos de palabras. Pero creo que, en literatura, una cosa es contracara de la otra. El quid de la cuestión está en pararse en esa delicada zona que divide el lenguaje del mundo. Siguiendo con de Saussure, en la flechita roja que aparece en la imagen.

* Stephen King, Mientras escribo
